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Entre viñedos, murales y relatos, la visita que ha redefinido el enoturismo

Hay lugares que se entienden mejor cuando se recorren despacio. Solar de Samaniego es uno de ellos. En Laguardia, entre viñedos históricos y murallas medievales, esta bodega ha construido una forma de enoturismo que huye del guion habitual y propone algo distinto: una experiencia que se cuenta, se siente y se recuerda como una historia completa.

Aquí no se viene solo a ver depósitos ni a catar vinos. Se viene a escuchar lo que el paisaje tiene que decir, a leer las huellas del tiempo en los muros y a descubrir cómo el vino puede convertirse en un lenguaje cultural. Desde el primer paso, se percibe que la visita no está pensada como una suma de espacios, sino como un relato continuo en el que cada elemento tiene un porqué.

La experiencia avanza con naturalidad, sin prisas, invitando a mirar con atención. El viñedo, la arquitectura, el muralismo y la palabra conviven sin imponerse unos a otros. Todo está conectado. Y ese equilibrio es, precisamente, lo que hace que esta propuesta destaque dentro del panorama del enoturismo actual en Rioja Alavesa.

Un hilo narrativo que lo envuelve todo

La visita está diseñada como un hilo narrativo continuo, donde cada espacio tiene un sentido dentro de la historia global. No se trata de acumular información, sino de ofrecer contexto para entender la relevancia de la cultura del vino. El viñedo introduce el origen; la bodega habla del tiempo y de la transformación; el arte muralista aporta emoción y mirada contemporánea.

La guía que acompaña la visita desempeña un papel fundamental en este relato. A través de explicaciones que combinan historia local, referencias literarias y procesos de elaboración, el visitante entiende el vino como algo vivo, ligado a un territorio y a una forma concreta de hacer las cosas. Cada explicación enlaza con la siguiente, reforzando la sensación de estar viviendo una experiencia completa y bien hilada.

Cuando el arte transforma el espacio

Uno de los momentos más sobrecogedores del recorrido se produce al entrar en una antigua nave de depósitos de hormigón, nunca usados, hoy transformada por el artista australiano Guido van Helten. Sus murales monumentales convierten el espacio en un lugar de contemplación, casi silencioso, donde el visitante se detiene de forma natural.

Los murales forman parte del relato y actúan como una pausa necesaria, una invitación a mirar la bodega desde otra perspectiva y a entender el vino como una expresión cultural que va más allá de la botella.

Patrimonio, vino y personas

Solar de Samaniego ha sabido conservar su patrimonio sin convertirlo en algo estático. La arquitectura original, los antiguos depósitos y los espacios históricos de la bodega se integran de forma natural en una experiencia contemporánea, manteniendo viva la memoria del lugar.

El vino se explica desde las personas que lo elaboran y desde el tiempo que necesita para madurar. Se habla de decisiones, de paciencia y de respeto por el entorno. Esa mirada humana atraviesa toda la visita y permite comprender el vino no solo como un producto, sino como el resultado de una relación constante entre paisaje, tradición y trabajo cotidiano.

Gastronomía para quienes forman parte de la historia

La gastronomía en Solar de Samaniego se reserva para quienes forman parte de la casa: los miembros de la Cofradía Solar de Samaniego -el club de vinos, cultura y experiencias del grupo vitivinícola-, junto a sus familias, amigos o empresas. Una forma de mantener viva la idea original de la bodega, donde compartir mesa era, y sigue siendo, una extensión natural del vino y de la conversación.

Los cofrades pueden disfrutar de una propuesta gastronómica basada en la cocina tradicional riojana, servida en comedores con vistas al viñedo y a la Sierra de Cantabria. La experiencia se construye sin artificios, con platos reconocibles y ligados a la memoria del lugar: entrantes de temporada, patatas a la riojana, chuletillas al sarmiento asadas en la propia chimenea y acompañadas de ensalada, y un arroz con leche cremoso preparado al estilo de siempre.

Más que un menú cerrado, se trata de una forma de reunirse alrededor del vino de la bodega, sin prisas y en un ambiente cercano. Para los miembros de la Cofradía, la gastronomía sigue siendo ese espacio donde el proyecto se vive desde dentro, reforzando el vínculo con la bodega, con su gente y con el territorio que la rodea.