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La alimentación artesana gana terreno en la oferta gastronómica de los festivales de música


Hace unos años, los festivales de música eran sinónimo de comida rápida y poco cuidada. Por suerte para los amantes de este tipo de eventos, esta tendencia se ha ido revirtiendo poco a poco y la oferta gastronómica comienza a adquirir una importancia similar a la del propio cartel de actuaciones.

Los asistentes ya no se conforman con cualquier bocado para acompañar el concierto de sus artistas favoritos. De hecho, la calidad de los alimentos que se sirven en los festivales de música les confiere un valor añadido. A raíz de este cambio de actitud por parte de los consumidores, han surgido festivales como El Bosque Sonoro, en los que toda su oferta gastronómica se basa en las elaboraciones de pequeños productores artesanos llegados desde todas partes de España e incluso Portugal.

Este peculiar festival, que alcanza este año su segunda edición, se celebra del 1 al 4 de julio en la pequeña localidad de Mozota (Zaragoza), en la que apenas residen 60 vecinos de forma estable. Nació con tres objetivos fundamentales: apoyar el desarrollo rural, luchar contra la despoblación, y revitalizar la zona siendo un evento totalmente sostenible. De esos tres ejes surgió la necesidad de ofrecer a los asistentes platos que reflejaran el trabajo de antaño y que les transportaran hasta la cocina de sus antepasados. Platos que, además, se sirven en frío para evitar el alto consumo energético que suponen las cocinas y las foodtrucks. “Contra la bio simplificación y en pro del rescate de identidades, hemos querido confeccionar una oferta gastronómica que reivindica las elaboraciones tradicionales, respetuosas con el medioambiente y sostenibles”, explican los organizadores.

La carta de alimentos que el público podrán degustar mientras canta y baila al ritmo de la música de Iván Ferreiro, Novedades Carminha, Mediapunta, Iseo & Dodosound, Irregular Roots, La Habitación Roja, Viva Suecia, La Pegatina, Niños Mutantes y Samba de Praça incluirá once elaboraciones de ocho pequeños productores. Desde la provincia de Teruel llegarán las creaciones de la empresa Laurel y Tomillo, ubicada en Lagueruela: lomo al azafrán con zanahoria y cebolletas encurtidas y bocados de pavo confitado con tomates desecados al sol en Vilamós. La Panadería Simón, de Zaragoza, será la encargada de proporcionar el pan de masa madre.

La provincia vecina de Navarra estará representada en el festival por la conservera familiar El Juncal, que despachará corazones de alcachofa con denominación de origen y limpiadas a mano con aceite del bajo Aragón, y yemas de espárrago con mostaza de habanero. La quesería artesanal Devas Gourmet, ubicada en Escalonilla (Toledo), se ha encargado de elaborar una crema de queso manchego con guindillas caramelizadas, con toques dulces y picantes, que no dejará a nadie indiferente.

Desde Cáceres llegará una de las elaboraciones más curiosas que se podrán probar durante el festival: la morcilla de calabaza. Será de la mano de la empresa familiar Sierra de las Villuercas. Completarán la oferta gastronómica las tarrinas de crema de calabaza y de berenjenas ecológicas de la conservera Tarro Verde (Cuenca); las patatas fritas artesanas de La Azucena (Madrid), y la caballa en aceite de oliva al curry con piri-piri de Good Boy (Conserveira do Sul), localizada en la ciudad lusa de Olhão.

Y como tan importante como el contenido es el continente, la compañía bilbaína de diseño Cookplay será la encargada de proveer los vasos, platos y cubiertos que se utilizarán en el evento, todos ellos elaborados con pulpa de caña de azúcar.

Para garantizar al máximo las medidas de higiene y prevención, los asistentes al festival deberán pedir su comida a través de la app Watson para que un camarero se la lleve hasta su ‘nido’. De esta manera, no tendrán que desplazarse por el recinto. Asimismo, la configuración del cáterin se ha realizado teniendo en cuenta la cantidad de asistentes y los reportes de consumo de la edición anterior para poner freno al desperdicio. “Compramos solo los productos necesarios según la cantidad de asistentes, los datos de nuestra plataforma de ticketing y los reportes de consumo anteriores registrados en nuestra app de servicio a mesa”, comentan desde El Bosque Sonoro.

 

Una defensa de la tierra sin precedentes

Los impulsores de El Bosque Sonoro entienden la comida como algo más que la mera suma de alimentos. “En la alimentación confluyen elementos culturales de la diversidad biológica y territorial del país. Desde El Bosque Sonoro creemos en la semilla como patrimonio cultural”, señalan. Por ello, sin dejar de lado otros territorios, han prestado especial atención a lo que la tierra que acoge el festival podía ofrecerles. En este sentido, destaca la alianza entre la empresa cervecera zaragozana Ámbar y El Bosque Sonoro. Una colaboración que va mucho más allá del patrocinio, y que es una apuesta en firme por el talento, la sostenibilidad y lo local.

Además de Cervezas Ámbar, en el festival cobrará una gran importancia otra bebida de la tierra: el vino Las Paradas, del viticultor Gil Pegenaute. Elaborado con garnachas en la localidad de Tabuenca, en la D.O. Campo de Borja, es el resultado de aunar tradición e historia, poniendo en valor la España deshabitada. El sabor y el aroma de Las Paradas también recuerda al de un bosque, uno rodeado de encinas, enebros y sabinas. Naturaleza en estado puro de la que el productor hará partícipes a los artistas de El Bosque Sonoro obsequiando a cada uno de ellos con una botella de su cosecha.